The Vicar of Wakefield

Oliver Goldsmith, 1766.

En la librería Estudio de Santander, hace unas semanas, entré que faltaban pocos minutos para que cerraran porque quería un cuadernito para notas de mi asignatura de este cuatrimestre y un libro para regalar. Mirando los lomos, y con un poco de prisa, ví el título “El vicario de Wakefield”, me sonó a que de algo me sonaba, y lo compré y lo regalé.

Luego pensé que algo del siglo XVIII era dominio público, copyright ya expirado, y por tanto posiblemente era posible y fácil localizar el original no traducido en Internet; y, en efecto, ahí lo tienes, clica el título para enlazarlo en el Proyecto Gutenberg (y ya de paso así hago propaganda del Proyecto Gutenberg).

El autor, amigo del bien establecido por la época Dr. Samuel Johnson (gramático, anotador de Shakespeare, biógrafo de poetas y creador de primer orden él mismo) hizo llamar a su mencionado amigo cuando su casera no le dejaba salir de casa hasta que pagase el alquiler. Confesando al dicho amigo que tenía una novelita escondida en un cajón, que don Samuel se encargó de vender a un editor para poder pagar susodicho alquiler y recuperar la libertad. La novelita sólo vio la luz años después, en un volumen conjunto con otra de las obras del prolífico Johnson, y empecemos diciendo de ella que se abre con los siguientes palabros:

THE VICAR OF WAKEFIELD

A TALE

Supposed to be written by Himself

By Oliver Goldsmith

Sperate miseri, cavete faelices

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There are an hundred faults in this
Thing, and an hundred things might
be said to prove them beauties.
But it is needless. A book may be
amusing with numerous errors, or
it may be very dull without a single
absurdity.

[…]

Y, en efecto, es un monumento a las contradicciones de la vida, donde, efecto mariposa avant-la-lettre, mínimas trivialidades tienen de pronto como consecuencia vuelcos importantes en la vida del prota y su familia, tanto de arriba a abajo como viceversa, ardiéndole la casa cuando ya parece que no puede pasar nada peor, y llegando el séptimo de caballería (en la forma de un inesperado “Sir” y un divertido quid-pro-quo) cuando el vicario está a punto de dejarse morir en la cárcel, en la que purga la más absoluta inocencia. Muy bien construida, se lee bien, en un inglés delicado y literario pero que me resultó razonablemente asequible; y el personaje del vicario es absolutamente fantástico. Lo que ahora llamaríamos “de derechas de toda la vida”, o lo que cuando yo era pequeño nos ponían como objetivo que habríamos de perseguir de mayores (“ser un hombre de provecho”), defiende su ideología a capa y espada con encomio e inteligencia, cualidades que le valen, en más de una conversación, quedar más cerca de un curioso y coherente anarquismo que del conservadurismo que uno esperaría del resto de los planteamientos.

Otro día reseñaré un texto caro a mi corazón, pero avanzaremos aquí que, hace unos días, poco después de un reciente evento equinoccial que quizá recuerdes si estás leyendo esto, de pronto caí en la cuenta de por qué me sonaba a mí de antaño el título de esta novelita; y me apresuré a buscar en mi estantería el texto que me supe de memoria, casi casi, desde mi tierna infancia y que ha constituído fuente de claves y complicidades en toda mi familia, y más allá, y en el cual el Capitán de los Bomberos busca desesperadamente trabajo, es decir, fuegos que apagar. No vale un naturalizado, que no es inglés; no vale el fabricante de cerillas, que está asegurado. Y el señor Smith le sugiere amablemente:

Allez voir de ma part le vicaire de Wakefield!

(Eugene Ionesco: “La Cantatrice Chauve”.)

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