Laura y Julio

Juan José Millás
Laura y Julio

Seix Barral Biblioteca Breve, 2006
190 páginas

El primer libro del año ha sido éste por casualidad: uno de los últimos del año pasado para otra persona, un sencillo intercambio sin alharacas, un inesperado inconveniente que hace dejar para más adelante el libro destinado a ese viaje, y finalmente uno va y se lee éste entre ratillos sueltos de aeropuerto y tal.

Me encanta Millás como articulista (sobre todo esos textos breves que acompañan a una imagen y, al menos a mí, no diría tanto que me la muestran de otro modo como, más bien, que me enseñan a mirarla).  Similar, aunque más plano y a la estela de los dibujos de Forges, fue Números Pares, Impares e Idiotas; y el único texto largo coherente que he leído de Millás me encantó: Dos Mujeres en Praga, muy, muy, muy recomendable. (Clica el enlace para más información.)

Laura y Julio, que es, en realidad, Laura, Julio y Manuel, o más bien Laura, Julio y lo que queda de Manuel, es un triángulo un tantico modernizado, tomado, como quizá debería ser habitual, como excusa no para contarnos historietas sino para analizar por qué un humano, en un momento dado, es como es y se comporta de una manera y no de otra. Cómo los puntos débiles de una persona se perciben por otra como sus atractivos, y viceversa (sobre todo viceversa); y cómo, ante una situación inesperada (inesperada para Julio, porque el lector está avisado, de manera algo implícita, prácticamente desde el principio para que no se sorprenda) es posible reaccionar meditando, comprendiendo, ajustando las percepciones para bien (relativo, dentro de lo que la tozuda realidad permite) de todos los damnificados.

Relato intimista, casi respetuoso con las escolásticas tres unidades, y, se me antoja, profundamente cinematográfico. Como si, al escribir la novelita, una de las prioridades del autor hubiera sido poner fácil el trabajo del guionista cuando alguien (si alguien) se anime (anima) a llevarlo a la gran pantalla. Comentada esta percepción con la persona que me pasó el volumen, hemos encontrado opiniones discrepantes, no tanto respecto a la estructura del texto como a que “¿Pero tú crees que Millás cuenta con que alguien le vaya a hacer una película de este libro?”. Desde luego, sería, no diré fácil pero sí factible llevarla al teatro.

Aunque, en tal caso, no tengo claro que fuera a querer ir a verla. No es para tanto, aunque quizá me llegaba con expectativas demasiado altas. Lo que sí es seguro es que algún otro de los textos largos de Millás lo querré leer un año de estos. Aunque éste se me ha quedado por debajo del anterior que leí, seguro que aún no he dado con lo mejorcito de este buen hombre. Sobre todo porque mis decisiones de cuándo leer qué van bastante al albur de las casualidades.

Anuncis

The Vicar of Wakefield

Oliver Goldsmith, 1766.

En la librería Estudio de Santander, hace unas semanas, entré que faltaban pocos minutos para que cerraran porque quería un cuadernito para notas de mi asignatura de este cuatrimestre y un libro para regalar. Mirando los lomos, y con un poco de prisa, ví el título “El vicario de Wakefield”, me sonó a que de algo me sonaba, y lo compré y lo regalé.

Luego pensé que algo del siglo XVIII era dominio público, copyright ya expirado, y por tanto posiblemente era posible y fácil localizar el original no traducido en Internet; y, en efecto, ahí lo tienes, clica el título para enlazarlo en el Proyecto Gutenberg (y ya de paso así hago propaganda del Proyecto Gutenberg).

El autor, amigo del bien establecido por la época Dr. Samuel Johnson (gramático, anotador de Shakespeare, biógrafo de poetas y creador de primer orden él mismo) hizo llamar a su mencionado amigo cuando su casera no le dejaba salir de casa hasta que pagase el alquiler. Confesando al dicho amigo que tenía una novelita escondida en un cajón, que don Samuel se encargó de vender a un editor para poder pagar susodicho alquiler y recuperar la libertad. La novelita sólo vio la luz años después, en un volumen conjunto con otra de las obras del prolífico Johnson, y empecemos diciendo de ella que se abre con los siguientes palabros:

THE VICAR OF WAKEFIELD

A TALE

Supposed to be written by Himself

By Oliver Goldsmith

Sperate miseri, cavete faelices

ADVERTISEMENT

There are an hundred faults in this
Thing, and an hundred things might
be said to prove them beauties.
But it is needless. A book may be
amusing with numerous errors, or
it may be very dull without a single
absurdity.

[…]

Y, en efecto, es un monumento a las contradicciones de la vida, donde, efecto mariposa avant-la-lettre, mínimas trivialidades tienen de pronto como consecuencia vuelcos importantes en la vida del prota y su familia, tanto de arriba a abajo como viceversa, ardiéndole la casa cuando ya parece que no puede pasar nada peor, y llegando el séptimo de caballería (en la forma de un inesperado “Sir” y un divertido quid-pro-quo) cuando el vicario está a punto de dejarse morir en la cárcel, en la que purga la más absoluta inocencia. Muy bien construida, se lee bien, en un inglés delicado y literario pero que me resultó razonablemente asequible; y el personaje del vicario es absolutamente fantástico. Lo que ahora llamaríamos “de derechas de toda la vida”, o lo que cuando yo era pequeño nos ponían como objetivo que habríamos de perseguir de mayores (“ser un hombre de provecho”), defiende su ideología a capa y espada con encomio e inteligencia, cualidades que le valen, en más de una conversación, quedar más cerca de un curioso y coherente anarquismo que del conservadurismo que uno esperaría del resto de los planteamientos.

Otro día reseñaré un texto caro a mi corazón, pero avanzaremos aquí que, hace unos días, poco después de un reciente evento equinoccial que quizá recuerdes si estás leyendo esto, de pronto caí en la cuenta de por qué me sonaba a mí de antaño el título de esta novelita; y me apresuré a buscar en mi estantería el texto que me supe de memoria, casi casi, desde mi tierna infancia y que ha constituído fuente de claves y complicidades en toda mi familia, y más allá, y en el cual el Capitán de los Bomberos busca desesperadamente trabajo, es decir, fuegos que apagar. No vale un naturalizado, que no es inglés; no vale el fabricante de cerillas, que está asegurado. Y el señor Smith le sugiere amablemente:

Allez voir de ma part le vicaire de Wakefield!

(Eugene Ionesco: “La Cantatrice Chauve”.)

Los crímenes de Oxford

Guillermo Martínez
Los crímenes de Oxford

Inauguro por fin mi participación en esta loable iniciativa con una novelita apropiada para las fechas veraniegas, tomada prestada brevemente del anaquel con puertas de vidrio de Can Cucker-Martorell en el Minervois.

Bien escrita en general (a pesar de algún que otro punto donde el léxico o la sintaxis se retuercen una pizca y dejan traslucir que el autor ha vivido años pensando en inglés). Hace un año o poco más que se debió estrenar la película, protagonizada por Frodo (ie Elijah Wood) y hace más o menos el mismo tiempo desde que alguien me hizo un resumen verbal de por dónde iba la película, suficiente para no irla a ver. Sin embargo, una de dos: o la película tiene cero que ver con el libro, o quien me hizo el resumen lo hacía de otra película, una que probablemente estaba formada por la suma de imaginaciones de las varias personas que se habían ido pasando el “resumen” de uno a otro con una suma de distorsiones deliciosa. Porque lo que me contaron no tiene nada que ver con la novela.

La idea es sencilla y buena: puesto que la novela negra/detectivesca, a decir de algunos, es una excelente excusa para hacer ameno costumbrismo, y el costumbrismo de los académicos de las universidades y los centros de investigación da para muuuuuuucho, combinémoslo. Sí que aparece, de una manera no marginal pero casi casi, una excursión de matemáticos a una charla de Andrew Wiles; pero el teorema de Fermat tiene un rol absolutamente nimio en la novela. El teorema clave es el de Gödel. El matemático más brillante del elenco se supone especializado en algo que, en efecto, muy bien podría ser una especialización de un lógico brillante: el análisis explicatorio de cómo es posible que siga habiendo matemática (y, aún más alucinante, matemática aplicada, y hasta cierto punto filosofía) después de Gödel. [Para los amiguetes que yo me sé: una analogía podría ser el “con diez kilos de axiomas no puedes demostrar un teorema de veinte kilos” de Chaitin, aunque el planteamiento de Martínez no va del todo por ahí.]

El mayor mérito de la novela es que, a pesar de que todas las aportaciones que menciona de las matemáticas y la lógica se expresan en lenguaje puramente divulgativo, muy intuitivo y yo creo que comprensible para cualquier mente humana un poquito educada, sin embargo se corresponden con pasmosa exactitud al significado propio, científico, de las aportaciones en cuestión. Cuando estamos tan hartos de que, para simplificar la ciencia y “que se entienda”, entre científicos y periodistas lo que logramos son declaraciones que en el mejor de los casos son falsas, y en el más habitual “misleading”, es una buena noticia ver que es posible cubrir excelentemente ese aspecto en una novela policiaca.

Bien estructurada, te pilla en seguida y ya no la sueltas; ligera de leer, a mí me supuso una mañana bajo la sombra de un olivo y una tarde bajo la de un plátano, o viceversa. Un buen día de verano en el fantástico Minervois.